Cuando el calor te desequilibra
Ayer me levanté a las seis y media.
Una noche corta, todavía un poco cansada, pero hacía suficiente fresco para empezar el día antes de que el calor se hiciera notar. Desayuno, un poco de ejercicio, meditación y luego una clase de yoga terapéutico en Insight Timer en el domo. Por la mañana todavía está a la sombra, así que se está bastante bien.
Hacia el mediodía empieza a hacer calor. Unos treinta grados fuera, lo que supone más de treinta y cinco en el domo, y a lo largo de la tarde la temperatura sube hasta los cuarenta o más, con el sol dando de lleno sobre la lona de la tienda. No es una temperatura para hacer nada más. Terminé las grabaciones que me quedaban y, hacia el mediodía, cuando terminé, empecé a sudar, tenía la boca seca y, en realidad, no tenía mucha hambre, aunque era la hora de comer.
Eso es lo que pasa con el calor. La sensación de hambre disminuye, aunque sea precisamente el momento en el que, según el reloj ayurvédico, deberías tomar tu comida más copiosa. El sol está en su punto más alto, así que, en teoría, tu fuego, tu agni, también está en su punto álgido. Pero una ola de calor da al traste con esa teoría. El cuerpo está demasiado ocupado enfriándose y le queda poca energía para digerir además una comida.
Así que comimos, porque notaba que mi cuerpo lo necesitaba, pero fue una comida ligera: arroz, lentejas, verduras y especias en caldo de pollo. Y por la tarde fuimos al río, a refrescarnos, a echarnos la siesta y a leer un poco, porque sencillamente no nos quedaban fuerzas para hacer nada más.
Para cuando llegamos a casa,...
arecía que eran las seis de la tarde, pero ya eran las nueve. Y justo entonces empezó a volver el hambre.
Así que cenamos sobre las diez, lo que para mí es en realidad demasiado tarde, pero antes no es realmente una opción. A la cama a las once, a las doce, no porque no estuviera cansada, sino porque simplemente hacía demasiado calor para acostarme antes.
Y a la mañana siguiente, me desperté un poco cansada otra vez.
Ese es el círculo vicioso que crea una ola de calor.
El calor altera tu apetito, tu apetito se retrasa, la cena se retrasa con él, tu sueño es menos reparador y empiezas el día siguiente con un déficit.
Lo que ayuda: come según tu sensación de hambre, no según el reloj. Hazlo sencillo: comidas cocinadas, si es posible a temperatura ambiente, y no picar demasiado entre horas. Evita las bebidas heladas y los platos fríos crudos, porque para digerirlos tu agni, ya de por sí debilitado, tiene que trabajar aún más, lo que hace que, en lugar de refrescarte, acabes sintiéndote más calor. Mantén la cabeza fresca con gafas de sol, un sombrero y buscando la sombra siempre que puedas.
Y un pequeño ritual diario que me sienta bien estas semanas: por la noche hiervo agua, la dejo enfriar toda la noche con semillas de cilantro dentro y al día siguiente la bebo a temperatura ambiente. Esto refresca el cuerpo. El cardamomo, el clavo, el regaliz y la mayoría de las flores (manzanilla, lavanda, hibisco) funcionan de la misma manera, pruébalo. Una pizca de sal y, si quieres, un poco de azúcar lo convierten en una auténtica bebida hidratante. El agua de pepino y la de menta también funcionan bien. El agua con limón, en cambio, no tanto, porque el limón calienta.
El verano no pide que sigamos las reglas habituales. Pide que prestemos atención a lo que hay ahora mismo.
Mucho amor,
Rianne